«La grazia» (Paolo Sorrentino, 2025)
Una de mis películas favoritas del combo Sorrentino + Servillo es «Las consecuencias del amor» (2004), que cuenta en buena parte de su metraje la vida (es un decir) de un hombre gris, silencioso, metódico y asfixiantemente aburrido que lleva ocho años residiendo en un hotel suizo sin hacer aparentemente nada (hasta que hace algo, obviamente).
Bueno, pues, veinte años después, Paolo Sorrentino ha puesto a Toni Servillo en una situación muy parecida, solo que esta vez la residencia es el Palazzo del Quirinale y el hombre gris es el Presidente de la República Italiana, de nombre Mariano De Santis y con toda la pinta de ser un trasunto de Sergio Matarella, el presidente real y actual.
«La grazia» dedica una generosa parte de su relato a mostrarnos lo mucho que se aburre Su Excelencia en un cargo apenas provisto de acción y, sin embargo, cómo consigue desplazarse por sus jornadas clónicas («¿De quién son nuestros días?» le pregunta un Papa negro con rastas que monta en vespa por los jardines del Vaticano) con una mezcla de resignación y cierto deportivo e irónico distanciamiento.
Pero esa ataraxia viene a ser turbada (sin demasiado estruendo) por varios asuntos que necesitan que, a pesar de sí mismo, tenga que actuar, entre otras razones, porque su mandato finaliza.
Decidido (más o menos) a intervenir en el mundo, quizá porque el sentido de su presidencia, su profesión y su vida le va en ello, opta por entrevistarse con dos condenados por el asesinato de sus cónyuges («¿De quién son nuestros días?») y candidatos a obtener el indulto presidencial, al tiempo que, tras las súplicas de su hija, se va acercando a tomar la decisión de validar o no («¿De quién son…?) la Ley de Eutanasia.
Decir que Servillo se sale (y es capaz de salirse sin mover una ceja) ya ni cotiza, pero también conviene decirlo del reparto que lo acompaña: Anna Ferzetti como su hija, Orlando Cinque como su escolta, Milvia Marigliano como su amiga; o las dos apariciones breves más icónicas, Rufin Doh Zeyenouin como el Papa africano y Linda Messerklinger como la fascinante convicta.
Sorrentino demuestra aquí -de nuevo- que es tan buen y hasta magnífico cineasta y de lo mejor que tenemos en Europa, ya tenga que dirigir un circo de tres pistas («La grande bellezza»), el mosaico vital de la propia infancia («Fue la mano de Dios»), el retrato feroz de la política italiana («Il divo», «Silvio (y los otros)») o los insípidos últimos días de un hombre en el límite del sentido de su existencia.