Dos joyas de Alice Rohrwacher
“Lázaro feliz” (2018) y “La quimera” (2023), de Alice Rohrwacher, además de dos “obras maestras imperfectas”, son dos manifiestos palpitantes de otra forma de hacer cine: el que, como dicen, parece que respira. Y es que la permanente sensación que tiene el espectador cuando contempla estos dos filmes soberbios es que está asistiendo al registro de algo orgánico y viviente. Aunque el primero cuente la historia de un resucitado y el segundo, la de un improbable zahorí de tumbas etruscas.
Esos dos protagonistas son, respectivamente, el querubín-campesino Lázaro y el arqueólogo-médium Arthur, dos seres que, por razones bien distintas, no son de este mundo. El primero nunca lo ha sido: Lázaro es la encarnación de la pureza primitiva, de la bondad absoluta y su presencia roza lo extraterrestre. Arthur busca entre los tesoros funerarios el hilo de Ariadna que lo transporte al otro lado de la Estigia y lo lleve junto a su amada Beniamina, que no sabemos bien si está viva o muerta, como el propio Arthur, quien, de tan astroso, parece ir vestido con su propia mortaja.
A ambos personajes los explotan sus semejantes hasta un extremo cercano a la esclavitud, pero Rohrwacher ni predica ni pontifica y casi ni reflexiona. Rohrwacher coge su cámara y camina junto a sus personajes, casi tan inocente como Lázaro y casi tan mansa como Arthur, pidiendo quizá una nueva oportunidad para ellos, algo de justicia, un poco de consuelo.