“Valor sentimental” (Joachim Trier, Noruega, 2025)

“Valor sentimental” (Joachim Trier, Noruega, 2025)

A veces, hago con los dramas nórdicos una cosa que no sé si es solo un truco mental o una maldad diabólica: me imagino que todo sucede en Nápoles (también podría ser Cádiz, pero me sale Nápoles) y que, por supuesto, todos los personajes son entera y tópicamente napolitanos.

Así, donde tenemos en pantalla hieratismo escandinavo, contención luterana y casas IKEA, en mi cabeza hay exagerada gesticulación mediterránea, desgarro católico y un diseño de interiores basado en la anarquía. Además, las mujeres de mi película imaginaria siempre hablan y se mueven como unas Anna Magnani o Silvana Mangano sobreactuadas y muy enfadadas.

Intentad el truco con cualquier drama de Bergman, de Bo Widerberg o de Aki Kaurismäki, que os vais a reír.

¿Por qué digo todo esto? Porque (me pasa que), si la película no habla mi idioma de espectador mediterráneo, tardo en empezar a entender el escandinavo, me cuesta la vida percatarme de qué puñetas pasa con los personajes y se me va media película en saber (para entendernos) quiénes son los buenos y quiénes son los malos.

Aquí el malo es papá y es malo porque no ha sido papá casi nunca; lo suyo era su arte (suelta delante de sus hijas que los artistas no deberían tener ninguna responsabilidad familiar), lo suyo era su vida de director de cine de prestigio, sus escaramuzas con las actrices, con el alcohol y con el fervor del público. Porque papá es un genio y pertenece a las regiones aéreas.

Y aquí las buenas son las hijas, las abandonadas por papá y las que han cuidado de su madre enferma. La pequeña está bien, ha formado una familia, tiene algo sólido sobre lo que mantenerse en pie y puede permitirse ser comprensiva (y hasta generosa) con su padre. La mayor está fatal, es una actriz teatral de bastante prestigio, pero con una vida personal vacía, arrastra una evidente depresión y odia a su padre, al que indudablemente culpa de todos sus males.

Muere la madre y papá se presenta con una de cal y otra de arena (o al revés): viene a vender la casa familiar, porque es suya por herencia, y trae el guion de su próxima película, cuyo papel protagonista ofrece a su hija mayor.

Y -para entendernos- todo este drama se sustenta en que papá no le explica a su hija cuál es su verdadera intención con esa película y a su hija, así de golpe, pues no le da la gana de leer el puñetero guion del golfo de su padre. O sea, estamos ante dos horas de contenida tempestad en el Mar del Norte por un malentendido entre un padre y una hija.

¿Veis? Si esto pasa en Nápoles, el malentendido lo resuelven a voces el padre y la hija en el primer tercio de la película y en los otros dos tendríamos una nueva aventura.

Pero, como no hemos tenido Nápoles, hemos tenido Strömstad, y con esas cartas hemos jugado y -es verdad- al final hemos disfrutado. No tanto del morosísimo desarrollo de la función como del excepcional trabajo de sus tres intérpretes principales (y no es de extrañar la chuza de premios que les está cayendo). La hija mayor es Renate Reinsve (“La peor persona del mundo”, “A Different Man”, “La tutoría”), la menor es la casi debutante Inga Ibsdotter Lilleaas y papá está interpretado por Stellan Skarsgård (“Dune”, “Chernobyl”, “Thor”).

Por cierto: lo mejor de la película es la secuencia final. De 10.

José Preciado