«Una batalla tras otra», Paul Thomas Anderson, 2025
En los últimos años, cuando en febrero hago las turbo-críticas de los Óscar, casi siempre digo que falta ese año (y el anterior y el anterior) una «película grande» que nos quite el mono que arrastramos de salidas épico-gloriosas de las salas de cine, con la piel de gallina y unas ganas locas de decirle a todo el mundo que fuera a ver corriendo lo que nosotros acabaríamos de gozar hasta el último fotograma.Puede ser ese arraigado síndrome cinéfilo lo que ha encumbrado este final de temporada a «Una batalla tras otra», la última película de ese hype que camina, Paul Thomas Anderson.
Basada en una novela totémica de otro hype andante, Thomas Pynchon, la película cuenta, después de un prólogo excesivo, el secuestro de la hija de un antiguo terrorista, ahora muy dormido, y los intentos de este para rescatarla.
Una de las mejores bazas de la película es la distancia irónica (al estilo de los Coen) con que esta aborda casi todo lo que cuenta -dejando si acaso al margen los asuntos de los “espaldas mojadas” y los de la secta fascista- lo que le permite no tomarse demasiado en serio a sí misma, lo cual, unido al buen ritmo de desarrollo, permiten que las dos horas y media largas que dura pasen de una manera bastante confortable.
La otra gran baza es un elenco magnífico, con un estupendo Leonardo DiCaprio, un autoparódico Benicio del Toro, una enorme Teyana Taylor, una muy prometedora Chase Infiniti (qué nombre de guerra) y un verdaderamente inolvidable Sean Penn, disfrutando hasta el último tic de su personaje de militar superfacha y supercabestro, pero temible, un malo de cómic casi perfecto.
Hay una secuencia de persecución por carretera de antología y varios momentos icónicos, pero, si dentro de un año nos preguntan por «Una batalla tras otra», no creo que la recordemos como la «película grande» que nos quitó el mono cinéfilo. La recordaremos como una buena película divertida, que no está nada mal para como está el panorama, y poco más.
¿Y por qué, digo yo, será así? Porque para que una película, una novela, un cuento, una obra artística cualquiera, sea grande tiene que ser trascendente, importante en su(s) mensaje(s), y eso no pasa aquí, porque no hay un sentido final o superior en la historia y por supuesto no lo hay en la narración. Ni siquiera me vale «Una batalla tras otra» como una denuncia del «nuevo fascismo» o de las delirantes políticas migratorias de Trump. Eso claro que eso está, pero no deja de ser un medio y no un fin de la peripecia, andanza o correría que se nos cuenta, y no solo por la manera irónica y distante que se ha elegido para hacerlo, sino porque esta notable obra de Paul Thomas Anderson no pasa precisamente de eso, de relato de una peripecia.