Etimología del CHULO (y otros lindos)

Etimología del CHULO (y otros lindos)

Ahora que hemos empezado a ver en casa “Half Man” (HBO), que se aparece como un (bastante) incómodo espectáculo sobre la masculinidad tóxica, me he acordado de que hace mucho tiempo que tengo pendiente una sarta de etimologías sobre los campeones mundiales de esa actividad.

Me refiero a proxenetas, chulos, rufianes, macarras, alcahuetes y, en América, padrotes y cafichos.

Antes de seguir conviene aclarar que “proxeneta” es cualquier persona de cualquier sexo que obtiene beneficio de la prostitución de cualquier persona de cualquier sexo. Y esta neutralidad también la tiene la palabra “alcahuete”. No así las demás, que sí se usan siempre referidas a varones.

PROXENETA nos llega a través del latín procedente del griego “proxenetés”, que era el ‘traficante de esclavos’. Y la palabra contiene la raíz “xenós”, ‘extrajero’, porque en la antigua Grecia lo más normal era que los esclavos no fueran griegos de nacimiento y ya en Roma se usó para nombrar a cualquier tipo de intermediario o agente comercial. Fue después, como cultismo, en las lenguas modernas (y seguramente como eufemismo) cuando pasó a designar al que negocia con el trabajo de las prostitutas.

ALCAHUETE, históricamente, no designaba al ‘chulo’, pues, según su origen árabe, “al-qawwād”, solo nombra al ‘mensajero entre dos amantes’, como nuestra Celestina (aunque cobrara comisión y embrujara a Melibea).

Está en el castellano desde el siglo XIII (“Calila e Dimna”, 1251), su uso se ha expandido para significar ‘chismoso, cotilla, chafardero/a’ y ha originado el maravilloso verbo “alcahuetear”.

CHULO siempre fue una “voz de germanía”, es decir, el argot de la delincuencia callejera, y, durante nuestros Siglos de Oro, no significaba otra cosa que ‘niño, muchacho’. Provenía del italiano (también jergal) “ciullo” o “fanciullo” (‘chico, chaval’), diminutivo de “fante” y derivado del latín “infans/infantis” (‘infante, niño’). Y en todos estos casos se usaba también para las niñas: “chula, chulama, fanciulla, ciulla”.

En esos mismos ambientes, de designar a los niños, “chulo” pasó a designar a los hombres jóvenes y, concretamente, como recoge un venerable diccionario, a los ‘individuos del pueblo bajo, que se distinguen por cierta afectación y guapeza en el traje y en la manera de producirse”.

Y se ve que eran estos “guapos” los que se dedicaban a la trata.

RUFIÁN parece que también viene del italiano (qué escuela tan buena tienen los trasalpinos), en concreto de “ruffiano” (‘proxeneta’, ya en Dante y Boccaccio), que hipotéticamente deriva del latín *rufianus, *rufulalus o “rufulus”, que era quien acompañaba a la “rufiana”, la mujer que se teñía el pelo con “rufus” o usaba pelucas pelirrojas (o de otros colores), que eran, al parecer, rasgos distintivos de las prostitutas.

“Rufián” aparece en el castellano en los siglos XIV-XV y también lo tenemos en catalán, portugués, francés y hasta en inglés.

Con MACARRA os vais a quedar muertos.

Pero eso ya será otro día.

 

José Preciado