Reseña múltiple de «La Bola Negra» (Calvo y Ambrossi, 2026)
Dicen que todo lo que aparece en un escrito antes de un “pero” no vale para nada, así que en esta reseña de “La bola negra” (Javier Calvo y Javier Ambrossi, 2026), con toda la intención, “lo malo” va precisamente antes de la conjunción adversativa.
Dicho así a las bravas, “La bola negra” tarda media hora larga en arrancar (demasiado tiempo para que el espectador empiece a encajar las primeras piezas) y echa otra media hora larga en terminar (una vez que el espectador ha armado el mecano, solo debería haber un par de escenas de resolución). En medio, hay demasiados momentos icónicos (justo aquello por lo que se peleaban el director Von Elstein y el productor Jonathan Shields en “Cautivos del mal”, con resultado de “¡un rábano!”), demasiadas escenas accesorias y un notable bocachanclismo con las metáforas (aunque, tratándose de Lorca a lo peor es un homenaje). Me sobra que salga Federico, porque esas escenas y ese actor no aportan nada ni a la historia ni al sentimiento que se quiere transmitir y me sobra especialmente el personaje de Glenn Close, la hispanista guiri que viene a imponer sus manos sobre el manuscrito (es que me acuerdo de Ian Gibson y me sube la bilirrubina).
Y después de todo esto todavía tengo que dar más caña, pero del ámbito extracinematográfico. Así que va al final, por si tenéis interés.
Y vamos ahora con “lo bueno”, que es mucho.
“La bola negra” es una película conscientemente grande, ambiciosa, trascendente, exportable y premiable (vamos, de lo que no suele verse por aquí) y sus autores se han consagrado definitivamente como dos genios del audiovisual. Pero lo mejor de la película no es todo eso, sino que, como le ocurría a “La Veneno”, la ambición en lo que entregan las imágenes no deja de estar ni durante un fotograma al servicio de la narración y la historia, que es el mensaje y que es la tesis, pues toda la película no es sino un mecanismo formidable al servicio de un sentimiento, el de la reivindicación de una memoria ignominiosa y la celebración de un triunfo que no deja de construirse.
Y por todo esto se perdona y hasta casi se olvida todo lo dicho en el segundo párrafo.
Además, esta película emocional y emocionante, honesta y hasta contenidamente furiosa, almodovariana para bien, es un soberbio espectáculo múltiple que combina y ofrece musical, comedia, drama amoroso, drama familiar, tragedia, y simbolismo con una trama muy bien dosificada en torno a un manuscrito hallado y un descubrimiento íntimo (que es una anagnórisis de manual).
Todo esto no hubiera sido posible sin un reparto y una dirección de actores sobresaliente. Guitarricadelafuente me ha dejado de piedra, Milo Quifes es hipnótico, dan ganas todo el rato de achuchar a Carlos Gonzalez y a ver ahora a quién le dan el Goya a la mejor secundaria, si a Penélope Cruz o a Lola Dueñas.
Y la película lo va a petar por ahí y es Marca España y me voy a alegrar un montón.
————-
Y esto es, finalmente, lo que he dejado para postre:
- La homosexualidad de Federico García Lorca no ha sido un tema tapado ni censurado en España en los últimos 40 o 50 años. Yo, por ejemplo, he dado clase de literatura durante 35 de esos años y para nada he obviado el tema cuando era pertinente abordarlo. Vamos, que lo ponía en los libros de texto.
- Digo lo de “cuando era pertinente”, porque, al contrario que, por ejemplo, Luis Cernuda, la poesía de Lorca –o buena parte de ella- se entiende perfectamente sin tener en cuenta la orientación sexual de su autor.
- Lorca era republicano y liberal y no parece que estuviera cerca de posturas de “las derechas” de su tiempo, pero no era rojo ni comunista, o lo disimulaba muy bien.
- Esa figura del poeta “rojo y maricón” fusilado por serlo, más por lo primero que por lo segundo, es una manipulación del PCE, dentro y fuera de España, durante el franquismo. Por ejemplo, Lorca se negó a participar en varias iniciativas políticas que le propuso Rafael Alberti, comunista de carné, como un homenaje “a la soviética” a la figura de Leon Tolstoi en 1935.
- Y el PCE era tan homófobo como todos los partidos políticos y organizaciones sociales de la época (tendría que pasar más de medio siglo para que eso empezara a cambiar algo en Occidente y nunca cambió detrás del Telón de Acero). De hecho, a Juan Gil Albert el ministerio de cultura del Frente Popular, controlado por el PCE, le quitó, después de concedido, un premio nacional de las letras “por maricón”.