«El ser querido» (R. Sorogoyen, 2026)

«El ser querido» (R. Sorogoyen, 2026)

La estructura narrativa de “El ser querido” se parece bastante a la de una composición de jazz o, mejor dicho, al esquema de una interpretación-tipo de las que popularizó el bebop a mediados del siglo pasado. Al comienzo del tema encontrábamos una melodía convencional (incluso reconocible, si lo que se interpretaba era un “standard”) y, una vez ejecutada, los músicos comenzaban a improvisar al estilo de las variaciones de la música clásica (como Bach en sus famosísimas “Variaciones Goldberg”): aparecían entonces reeescituras de la melodía (“contrafacts”), solos de instrumentos que dialogaban entre sí, improvisaciones y distintas virguerías. A la interpretación convencional se la llama “head” y a lo que le sigue, “changes”.

Bien, pues, según esta idea, los primeros 20 minutos de “El ser querido” serían los que corresponden al “head” y todo lo demás, hasta sumar los 115 minutos restantes de la película, sería el tiempo dedicado a los “changes”.

Y, al contrario de lo que generalmente ocurría en el jazz, en este caso y lamentablemente, las variaciones no aportan nada (o casi nada) al mensaje principal. Todo lo que importa de la película, cómo son los dos personajes principales, qué les ha pasado, les pasa y cómo lo manejan está al 95% en esos primeros 20 minutos, en ese primer acto que lo contiene y a la postre lo engulle todo.

Dicho de otra manera: es tan perfecta esa primera secuencia, tan magníficamente escrita, planificada e interpretada por un descomunal Javier Bardem y una bastante efectiva y muy creíble Victoria Luengo que lo que sigue -y son casi dos horas de intentos- no alcanza a estar a la altura y, como si los autores fueran (quizá dolorosamente) conscientes de esa tara, se dedican a acumular tentativas y a perder oportunidades.

Y hasta hay virguerías que acaban en gatillazo, como ese momento “Tiny Dancer” (de “Casi famosos”) en la furgoneta de los actores con “La noche eterna” de Él Mató a un Policía Motorizado, que, comparado con la escena original de Cameron Crowe, resulta estéril para la historia porque nada significa y, por tanto, para nada sirve.

Finalmente, de todos los intentos fallidos que contiene la última película del por otro lado excepcional cineasta Rodrigo Sorogoyen, hay que destacar el desperdicio del recurso del cine-dentro-del-cine; porque, cuando la película acaba, a los espectadores nos hubiese dado igual que la ficción subalterna hubiese versado sobre las cruzadas o fuera un remake Mad Max (por no salirnos del desierto). Esas historias nos valdrían lo mismo que este ignoto drama sobre África colonial.

Además, ese desperdicio en “El ser querido” tiene cara, la de Raúl Arévalo, aquí la imagen viva del desaprovechamiento.

José Preciado