«El castillo» (Movistar+)
“El castillo” es una serie que no deja asidero donde agarrarte, no hay un personaje que te dé cobijo, nadie te cae bien. Por no haber, no tiene ni un plano amable donde descansar los ojos.
Si una ficción está construida para la denuncia descarnada de la prostitución y la trata, supongo que tiene que ser así de fría y cruda, pero es que así no ha sido nunca (o casi nunca) este asunto en cientos de producciones audiovisuales que lo han mostrado.
Por eso ver “El castillo” no es una experiencia agradable, ni siquiera estimulante, con el enorme riesgo que eso tiene para un producto comercial. Y ese riesgo es la mejor prueba de la determinación y la valentía del equipo que lo ha llevado a cabo.
Empecemos por los dos protagonistas, el chulo y su víctima, “El Suizo”, interpretado por Raúl Arévalo, y Claudia, encarnada por la debutante Valentina Vidal. Valentina está formidable dando vida a una mujer colombiana prostituida en España y que es el recipiente de todas las calamidades, desde las que deja al otro lado del Atlántico, un hijo enfermo y una familia parásita, a lo que se encuentra aquí, de la estafa al abuso y de las vejaciones a la violencia. Vidal consigue construir un personaje soberbio que hace (solo para nosotros) su nido en su indestructible dignidad. Frente a ella, o detrás, pero nunca al lado, está Manuel Muñoz, “El Suizo”, dueño de varios clubs y miembro destacado de cártel español de proxenetas, un malo de maneras suaves cuya brutalidad solo asoma unos segundos en toda la ficción, pero que constituye una figura descomunal, un monstruo puro, sin otra motivación que la avaricia y con el que Raúl Arévalo, con 20 kilos de más, ha armado quizá (y ojalá no) el mejor personaje de su carrera.
Sigamos con los secundarios, divididos en varios grupos y caracterizados casi entomológicamente: los chulos, las putas, los puteros y los polis, entidades que son mostradas con una frialdad casi científica, sin empatía, sin prejuicios, sin lugares comunes, y todos retratados solo por sus actos. Y esta amplitud de retratos breves tiene ciertamente una desventaja: que ni siquiera en el personaje más tratado de este grupo, Liesa, el policía joven interpretado por Omar Ayuso, consigamos ir más allá de su superficie.
Y terminemos por los directores y guionistas, Isabel Peña, Eduardo Villanueva, Elena Martín y Sandra Romero, un equipo de lujo para una producción sobre la sordidez, el ultraje y la miseria, casi todos ellos colaboradores en algún momento de Rodrigo Sorogoyen y, como él, consagrados con la calidad y aun la excelencia del audiovisual español.
Yo creo que va a ser muy difícil que pierda el título de mejor serie española del año.