“Hamnet” (Chloé Zhao, 2025)
“Hamnet” pone en imágenes la novela homónima de Maggie O’Farrell (que no he leído) y cuenta el proceso íntimo de William Shakespeare para crear “Hamlet” a partir del duelo por la muerte de su hijo Hamnet por causa de la peste.
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Y ahora conviene que separemos la película como obra de arte de lo que cuentan la película misma y la novela en que se basa. Si no quieres leer la segunda parte, no estrictamente cinematográfica, tampoco pasa nada.
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EL FILM de Zhao es una hermosa y desgarrada fábula sobre la pérdida (de un hijo, del amor, de la familia y hasta de las ganas de vivir/ser) que reposa prácticamente durante todo el metraje sobre la interpretación palpitante y orgánica de Jessie Buckley como Agnes, esposa del bardo inglés y que se come a Paul Mescal escena por escena, pero no, por supuesto, a Emily Watson, como tampoco al magnífico trío infantil formado por Bodhi Rae Breathnach (hija mayor) y Jacobi Jupe y Effie Linnen (los mellizos). Correctamente rodada, casi con abuso de los primeros y primerísimos planos, sobre todo de Buckey, y bien ambientada; aunque (digo yo que) para el contexto de Agnes como ser silvestre quizá hubiera encajado mejor un bosque más estético (y no hace falta tirar de tecnología).
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¿Y no se ha podido, por cierto, evitar la reutilización del tema “On The Nature of Daylight”, de Max Ritcher, después de su insuperable e inolvidable empleo en “El encuentro” de Denis Villeneuve (2016)? ¿En serio, Max?
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Al respecto de LA HISTORIA, estamos, como dije antes, ante una fabulación (y ahora añado romantizadora) acerca de un agujero negro en la biografía de William Shakespeare que desde hace ya muchas décadas pone bastante ansiosos a su fans, entre los que no me cabe duda de que está la señora O’Farrell. Porque Will, al contrario que, por ejemplo, nuestro Miguel de Cervantes o el francés Moliêre (que los pobres solo tienen lectores y admiradores), tiene fans como si fuera una estrella pop o un influencer millonario. Y a esos fans no les cuadra que su icono, su mito, su semidiós de la cultura anglosajona, fuera un mal padre y peor marido.
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Aunque, por supuesto, esa calificación moral del genio inglés la hacemos (y esos fans la sufren) desde nuestra perspectiva contemporánea. Lo mismo a Shakespeare y a Ann/Agnes esta separación les parecía lo más normal y a nadie se le ocurrió nunca reprochárselo.
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Porque esa estimación moral la hacemos desde nuestra (muy buena) consideración actual del afecto familiar y del amor romántico. Y ambas “instituciones” son muy modernas, pues tienen unos 250 años, si no menos, y en los siglos XVI y XVII eran una rareza, por cierto, fruto de la suerte o la casualidad y no de la riqueza, porque ricos, pobres y medianos eran usados como mercancía matrimonial por sus familias. Y a todo el mundo le parecía lo más normal ese comercio.
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Veamos ahora si el sentido que muchos perciben en la película de Chloé Zhao tiene fundamento. Ese sentido o significado es, claramente, que William Shakespeare escribió y estrenó “Hamlet” como un homenaje a su hijo muerto Hamnet y como una forma de purgar su culpa y su duelo.
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Bien, pues, si eso se entiende como que en “Hamlet” hay un personaje rubio (como el niño) que se bate con la espada (como soñaba el niño que haría de mayor como actor), compro ese sentido, porque todos esos elementos (niño rubio, actor rubio, duelo de espadas) se ven en la pantalla. Y que la escritura de la tragedia danesa sea una tabla de salvación para el dramaturgo también la compro, a partir de la escena del muelle y del “ser o no ser”, que también “se ve”.
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Ahora bien, si tengo que entrar por que una obra teatral donde triunfan la traición, el adulterio, la usurpación de un trono y el asesinato y en la que muere violentamente la práctica totalidad de los personajes principales es un sincero y conmovedor homenaje de un padre ausente a su hijo muerto, pues, que queréis que os diga, no compro.
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Y, finalmente, no niego que Shakespeare eligiera escribir “Hamlet” como un homenaje a su hijo Hamnet (por cierto, el niño llevaba muerto cinco años cuando se estrena la obra), pero el príncipe danés shakesperiano se llama así por el Amleth que en el siglo XII aparece en una obra llamada “Gesta Danorum” (“Hechos de los daneses”), que recoge historias, mitos y leyendas nórdicas, germánicas y danesas. Y, además, el personaje tiene un antecedente islandés más antiguo.
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En cambio, se sabe que el niño Hamnet y su hermana Judith se llamaban así por dos vecinos y amigos de sus padres en Stratton, que tenían esos nombres.
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En fin, que con lo tranquila que andaba la crítica literaria en los últimos cien años, libre de las posibles interferencias de la vida de los autores en el análisis de las obras, vienen ahora O’Farrell y Zhao a revolver el gallinero.
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Y este es un gallinero que no renta revolver, porque las conclusiones que se extraen de relacionar vida y obra de un artista siempre las carga el diablo.
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Os pongo dos ejemplos y acabo:
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En “Don Quijote”, el discurso del personaje de la pastora Marcela (en la primera parte) se puede interpretar como un alegato feminista por la libertad (y así se hace, desde la perspectiva contemporánea), pero ese discurso no se compadece con ciertas informaciones que sitúan a Miguel de Cervantes en Valladolid como proxeneta de sus hermanas, conocidas como “Las Cervantas”.
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Y -lo siento, fans- si relacionamos la pertinaz ausencia de William Shakespeare de su hogar y su cama matrimonial (¿la segunda mejor?) con el hecho incuestionable de que el destinatario de sus sonetos de amor/admiración es un hombre, aquí cambia completamente la película, y esta película también.
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