«Blue Moon» (Richard Linklater, 2025)
Sin duda, cualquiera me lo podrá discutir, pero humildemente creo que buena parte de la reputación de Richard Linklater como autor cinematográfico y no “simple” director se la debe a Ethan Hawke. Ahí están para darme la razón la trilogía “Antes del…” y la impresionante “Boyhood”, entre otros trabajos, siempre grandes películas y siempre con Hawke.
Así que (supongo que) para pagar su deuda o los buenos servicios del otro, Linklater tenía que hacer una película al servicio de su actor fetiche, donde este diera lo mejor de sí en un papel icónico y eso se lo sirvió en bandeja el guionista Robert Kaplow, buen conocedor de la escena teatral neoyorkina de los años 30-40 del pasado siglo, en un libreto extraordinario del que en esta película sacan petróleo.
Ahora mismo todos los actores bajitos de Occidente sueñan con subirse a las tablas con una adaptación (poco hay que adaptar, ciertamente) de “Blue Moon” para el teatro. Y no está desencaminada esa ensoñación, porque el papel de Lorenz Hart, un judío bajito, homosexual, verborreico, alcohólico y letrista genial (honrando la herencia de su tataratío Heinrich Heine) es una pera en dulce para cualquier actor que se tenga en buena estima.
Esos dos elementos que ya he citado, el formato teatral y la verborrea del protagonista, son la gloria y (casi) la condena de la función, pues, si bien es cierto que el espacio cerrado del bar Sardi’s es perfecto como ruedo del toreo de salón de Hart y, al mismo tiempo, su ratonera por causa del abandono por su exsocio Richard Rodgers, del rechazo (“te quiero, pero no así”) de su “protegida” Elisabeth Weiland y del juego al gato y al ratón con una botella de bourbon, no es menos cierto que ambas piezas de este drama (texto y espacio) pueden llegar a saturar al espectador y a causarle una cierta claustrofobia, sobre todo, si sabemos desde los primeros minutos de la cinta cuál va a ser el resultado de todo esto.
Con todo, “Blue Moon” merece absolutamente la pena (y hasta el esfuerzo) por la magnífica puesta en escena, por el reparto exacto (Margaret Qualley deslumbra, Bobby Cannavale es el barman de mis sueños, Andrew Scott está perfecto como contenidísimo antagonista), por un texto que se saborea (y puede empalagar) y, sobre todo y absolutamente, por lo que Ethan Hawke hace con ese texto desde las profundidades del metro cincuenta y dos de uno de los más desconsolados y afinados genios musicales del siglo XX.