«Backrooms» (Kane Parsons, 2026)

«Backrooms» (Kane Parsons, 2026)
La otra Gran Cosa (además de “Obsession”) que ha pasado este mes de junio en el universo del cine fantástico y de terror ha sido el estreno de “Backrooms” del (todavía más) pipiolo Kane Parsons, quien fue reclutado por A24 para el proyecto cuando solo tenía 17 años (ahora tiene 21), un proyecto que consistía (y consiste) en rodar un largometraje comercial a partir de la webserie “The Backrooms”, de la que Parsons es autor.
Tanto en la serie online como en el largometraje, la trama se desarrolla a partir de la existencia y ulterior exploración de unos espacios alternativos o realidad paralela que se muestran en principio como grandes locales vacíos parecidos a esos llamados “liminales” (corredores de aeropuertos, pasillos de centros comerciales, salones de exposición), lugares que, al mostrarse desprovistos de presencia humana, pueden provocar inquietud o directamente miedo y de lo que ya vimos algo en la serie adulta “Severance”.
Parsons y otros propagadores del culto a las “backrooms” llevan años explorando (o mareando la perdiz con) la idea y son legión los jóvenes aficionados que siguen con fervor cada nuevo capítulo/variante que se va estrenando en Youtube.
Este fenómeno fue sin duda observado por Hollywood como una oportunidad para rescatar para las salas de cine a los muy ausentes Zetas, por lo que A24 se lio la manta a la cabeza, le dijeron al chaval “pide por esa boca”, le colocaron a los flancos a dos mentores competentes como el productor Shawn Levy (“La llegada”, “Stranger Things”) y el guionista Will Soodik (“Westworld”, “Homeland”), pusieron al frente a dos actores “serios” (Chiwetel Ejiofor y la mismísima Renate Reinsve) y construyeron y estrenaron un artefacto que ha cumplido con creces su misión, porque está recaudando dinero a espuertas.
Tanto debe de haber en esas espuertas que ya están hablando de una secuela y una serie.
Bien, pues vamos al turrón: “Backrooms” es un bluff de un tamaño considerable, que, si bien cumple con su primera misión de poner en la pantalla grande el dichoso lugar común de esos “cuartos traseros” y trata, secundariamente, de darle a la idea entidad y seriedad con protagonistas y asuntos adultos, no consigue otra cosa que ser una curiosidad bastante inofensiva, que usa y repite hasta el hartazgo su supuesto gancho (son cuatro las incursiones que vemos en las mismas “backrooms” sin que apenas haya diferencias entre ellas, salvo en el final del último paseo), donde acabamos por no enterarnos de nada (a pesar de que intentan explicarnos lo que pasa y tanto es así que está Youtube sembrado de “explicadores”), ni tampoco hay modo de empatizar con los protagonistas y, como remate, el supuesto monstruo no da ni esto de miedo.
O sea, que, al menos para mí, el alivio que se siente cuando llegan los títulos de crédito es porque esta filfa se ha acabado.

José Preciado