Menos de dos años antes de que Fiódor Dostoievski enfrentara a Raskólnikov con su crimen, Robert Louis Stevenson había puesto a Markheim en la misma situación. El protagonista ruso consolaba su conciencia (o lo intentaba) separando a los humanos en cazadores y cazados. Markheim no tiene esa coartada moral y tiene que enfrentarse al mismísimo Diablo y a la pelea entre la predeterminación y el libre albedrío.
Categoría: Literatura
La figura de Pushkin, como la de otros iconos del romanticismo -Byron, Shelley, nuestro Espronceda- se nos presenta desdoblada de forma casi insoportable: es por una parte un autor fecundo y prodigioso, padre de la literatura rusa en ruso (la alta cultura de su país fue filofrancesa y en francés durante más de un siglo), amigo y editor de Gogol, antecedente de Dostoyevski y, consecuentemente, ‘abuelo’ de la gran novela rusa; y, por otra parte, la del ser humano -como Byron y los citados, entre otros- es la figura de un niñato rico, caprichoso, maniroto, jugador y fiestero que, metido en líos pseudorrevolucionarios, no dudaba un momento en tirar de influencias familiares (era aristócrata por todas la ramas familiares y bisnieto de un ‘príncipe etíope’) para eludir la cárcel o el exilio siberiano y exasperar luego a quienes lo tomaban bajo su protección.
E inevitablemente es muy difícil no dejarse seducir por la obra de este Jano petersburgués, como en el caso del cuento de hoy, cuya narración desmonta con sorna magistral y en dos focalizaciones la aventura de dos enamorados determinados a casarse en secreto y huir (‘como en una novela francesa’) y que son cruelmente traicionados por el clima ruso y el destino. Aunque este guarda un as en la manga.
Francis Scott Key Fitzgerald no fue feliz, probablemente, ni un minuto de su vida y la insatisfacción, las malas elecciones (su esposa Zelda parece una especie de maldición autoinfligida) y la decepción de sí mismo lo fueron conduciendo desde bien joven al alcoholismo y la autodestrucción.
En el camino, escribió un par de excelentes novelas y multitud de historias cortas (que era lo que le daba de comer, de beber y hasta en ocasiones para vivir como un príncipe) las cuales -contaba Hemingway- el mismo Scott empobrecía para adaptarlas al gusto del público de las revistas literarias.
‘La tarde de un escritor’ es una de esas historias y es, como mucho de lo que escribió, casi demasiado autobiográfica. Hay en este relato un rumor cercano a una cuenta atrás que acompaña la jornada de un autor vencido por el tedio, harto de sí mismo y que parece blandamente abandonado a una rutina vacía solo en apariencia y ocultamente sembrada de espinas.
Varias son las sombras que se ciernen sobre Franz Kafka durante toda su vida: la figura de un padre autoritario e intransigente, el desapego de su condición de judío askenazí, la evidente imposibilidad de mantener una relación estable con una mujer, la tuberculosis con que luchó y que lo derrotó a los 42 años y -como se sospecha- la esquizofrenia no tratada que probablemente lo atormentó toda su existencia. Pero, por encima de todas las sombras de fuera y de dentro y por supuesto contra todas ellas, František Kafka escribía y escribía para seguir cuerdo, para seguir en un mundo que no dejó nunca de mirar con un asombro tan infantil como lúcido, afilado y amargo.
El cuento de hoy es tan sencillo como magnífico y muestra a través de un personaje/metáfora la llegada de la edad adulta como la entrada en el páramo de la insatisfacción.
Todo o casi todo en la vida de Horacio Quiroga es desmesurado y excesivo. De muy niño vio morir de un tiro a su padre y, con 18 años, a su padrastro, mató por accidente a un amigo mientras revisaba un revólver de este antes de un duelo, su primera mujer se suicidó bebiendo el revelador que Quiroga usaba para procesar negativos fotográficos y él mismo se quitó la vida con cianuro, que le proporcionó Vicente Batistessa, el ‘hombre elefante’ argentino. Sus dos hijos mayores también se suicidarían.
El resto de aspectos de su vida tampoco escapan a la demasía: quiso y pudo a menudo vivir en la selva (y enseñar a sus hijos a sobrevivir solos en ella), quiso y casi siempre pudo emparejarse con chicas casi adolescentes y quiso y pudo embarcarse en los más dispares oficios y proyectos: cónsul, editor, líder vanguardista, físico y químico aficionado, crítico cinematográfico, ciclista, explorador, constructor de barcos, navegante…
Tuvo tiempo además Horacio Quiroga de convertirse en uno de los más carismáticos y efectivos cuentistas en lengua castellana. Relacionada siempre con Poe, su literatura supera con creces al maestro de Boston, porque Quiroga casi siempre transmite con total crudeza las vivencias, sentimientos y temores que experimentó en una vida que suma una docena de existencias humanas comunes.
Aurore Lucile Dupin, a la manera de nuestra Fernán Caballero (Cecilia Böhl de Faber), eligió publicar con un pseudónimo masculino, quizá para desvincular su figura social de su figura literaria, quizá para que se la tomase más en serio en el mundillo literario, claramente dominado por hombres. Aunque en su caso no cabe hablar de una mujer discriminada u oprimida: divorciada de su esposo, el barón Casimir Dudevant, con menos de 30 años y con dos niños a los que crio lejos de su padre, tomó parte activa en la vida cultural francesa de mediados del siglo XIX, fue amiga de Flaubert, de Balzac, de Verne, de Heine, de Listz y de Delacroix y mantuvo relaciones amorosas con Alfred de Musset y Fréderic Chopin.
‘Las señoritas’ es un curioso cuento fantástico de magia blanca que tiene como protagonistas a un gentilhombre normando y a una especie de hadas de los pantanos, en absoluto temibles, salvo por sus bromas pesadas.