La vida de F. Bret Harte no es muy distinta de sus historias de pioneros y buscavidas en lo que luego fue el ‘Far West’ mítico de la literatura y el cine, y él mismo no se distanció mucho de alguno de sus personajes más indeseables, pero era un magnífico escritor. El cuento de hoy es una historia pequeña acerca del destino miserable de unos desgraciados, quienes, contra todo pronóstico, muestran lo mejor de sí mismos en las horas más duras.
Si el Infierno existe, será algo muy parecido a lo imaginado por May Sinclair en este cuento-pesadilla cuya inmersión en el delirio es curiosa y terriblemente reconocible.
Genial, inquieto, contradictorio y apasionado, capaz de proclamar la ‘muerte’ de la filosofía moderna y de pasar en pocos años de ateo radical a ferviente católico, solo Giovanni Papini podría ser el autor de un cuento tan turbador como este, exacto retrato del ser humano huérfano que desvela el existencialismo.
Todo cuanto puede desear el lector de un cuento de vampiros se halla en ‘Mrs. Amworth’: el acecho y los crímenes del depredador demoníaco, su presencia hipnótica revestida de un cierto exotismo y vértigo morboso, sus víctimas inocentes y el desconcierto que provocan y, naturalmente, el antagonista lúcido y sobradamente preparado que se le enfrenta. Todo eso y, gracias a la mano de Benson, en contexto nada habitual: un plácido pueblecito del sur de Inglaterra poblado por jubilados y solterones que cultivan su ocio con apacibles paseos, partidas de cartas, alguna cena, una copita…
Menos de dos años antes de que Fiódor Dostoievski enfrentara a Raskólnikov con su crimen, Robert Louis Stevenson había puesto a Markheim en la misma situación. El protagonista ruso consolaba su conciencia (o lo intentaba) separando a los humanos en cazadores y cazados. Markheim no tiene esa coartada moral y tiene que enfrentarse al mismísimo Diablo y a la pelea entre la predeterminación y el libre albedrío.
La figura de Pushkin, como la de otros iconos del romanticismo -Byron, Shelley, nuestro Espronceda- se nos presenta desdoblada de forma casi insoportable: es por una parte un autor fecundo y prodigioso, padre de la literatura rusa en ruso (la alta cultura de su país fue filofrancesa y en francés durante más de un siglo), amigo y editor de Gogol, antecedente de Dostoyevski y, consecuentemente, ‘abuelo’ de la gran novela rusa; y, por otra parte, la del ser humano -como Byron y los citados, entre otros- es la figura de un niñato rico, caprichoso, maniroto, jugador y fiestero que, metido en líos pseudorrevolucionarios, no dudaba un momento en tirar de influencias familiares (era aristócrata por todas la ramas familiares y bisnieto de un ‘príncipe etíope’) para eludir la cárcel o el exilio siberiano y exasperar luego a quienes lo tomaban bajo su protección.
E inevitablemente es muy difícil no dejarse seducir por la obra de este Jano petersburgués, como en el caso del cuento de hoy, cuya narración desmonta con sorna magistral y en dos focalizaciones la aventura de dos enamorados determinados a casarse en secreto y huir (‘como en una novela francesa’) y que son cruelmente traicionados por el clima ruso y el destino. Aunque este guarda un as en la manga.