No hallará el lector en este magnífico relato de Bloy rastro alguno de la ira panfletaria ultracatólica que lo hizo tan conocido en su época como una especie de furibundo profeta del Antiguo Testamento. Se trata de un cuento fantástico suave y amable que solo deja entrever un desenlace horrible, consecuencia de una serie de acontecimientos inexplicables, aunque ciertamente alegóricos.