Este relato, ‘probablemente el mejor cuento de literatura fantástica escrito en México en el siglo XX’, se puede interpretar de muchas maneras, pues está repleto de infinidad de símbolos de influjo kafkiano, pero quizá lo mejor de él es la forma en que autor y lector, completos cómplices por obra de un humor tan desbordante como afilado, superan la angustia que genera el absurdo, hijo del maestro checo, y, en una dulce derrota, como la del viajero protagonista, deciden aprovechar el más que aparente caos del sistema ferroviario como una oportunidad para esa aventura que debería ser toda vida.