No tenemos dudas de la capacidad imaginativa de Arthur C. Clarke y tampoco de su talento para enfrentar al lector de ciencia-ficción con situaciones e interrogantes tan afiladas como abismales, pero embarcar en el año 3500 a un astrofísico jesuita en una nave espacial para enfrentarlo a una pavorosa pérdida de la fe (que no de la creencia) en Dios es una de las mayores osadías de una trayectoria creativa por otra parte descomunal.