La figura de Pushkin, como la de otros iconos del romanticismo -Byron, Shelley, nuestro Espronceda- se nos presenta desdoblada de forma casi insoportable: es por una parte un autor fecundo y prodigioso, padre de la literatura rusa en ruso (la alta cultura de su país fue filofrancesa y en francés durante más de un siglo), amigo y editor de Gogol, antecedente de Dostoyevski y, consecuentemente, ‘abuelo’ de la gran novela rusa; y, por otra parte, la del ser humano -como Byron y los citados, entre otros- es la figura de un niñato rico, caprichoso, maniroto, jugador y fiestero que, metido en líos pseudorrevolucionarios, no dudaba un momento en tirar de influencias familiares (era aristócrata por todas la ramas familiares y bisnieto de un ‘príncipe etíope’) para eludir la cárcel o el exilio siberiano y exasperar luego a quienes lo tomaban bajo su protección.
E inevitablemente es muy difícil no dejarse seducir por la obra de este Jano petersburgués, como en el caso del cuento de hoy, cuya narración desmonta con sorna magistral y en dos focalizaciones la aventura de dos enamorados determinados a casarse en secreto y huir (‘como en una novela francesa’) y que son cruelmente traicionados por el clima ruso y el destino. Aunque este guarda un as en la manga.