Francis Scott Key Fitzgerald no fue feliz, probablemente, ni un minuto de su vida y la insatisfacción, las malas elecciones (su esposa Zelda parece una especie de maldición autoinfligida) y la decepción de sí mismo lo fueron conduciendo desde bien joven al alcoholismo y la autodestrucción.
En el camino, escribió un par de excelentes novelas y multitud de historias cortas (que era lo que le daba de comer, de beber y hasta en ocasiones para vivir como un príncipe) las cuales -contaba Hemingway- el mismo Scott empobrecía para adaptarlas al gusto del público de las revistas literarias.
‘La tarde de un escritor’ es una de esas historias y es, como mucho de lo que escribió, casi demasiado autobiográfica. Hay en este relato un rumor cercano a una cuenta atrás que acompaña la jornada de un autor vencido por el tedio, harto de sí mismo y que parece blandamente abandonado a una rutina vacía solo en apariencia y ocultamente sembrada de espinas.
Autor: José Preciado
Varias son las sombras que se ciernen sobre Franz Kafka durante toda su vida: la figura de un padre autoritario e intransigente, el desapego de su condición de judío askenazí, la evidente imposibilidad de mantener una relación estable con una mujer, la tuberculosis con que luchó y que lo derrotó a los 42 años y -como se sospecha- la esquizofrenia no tratada que probablemente lo atormentó toda su existencia. Pero, por encima de todas las sombras de fuera y de dentro y por supuesto contra todas ellas, František Kafka escribía y escribía para seguir cuerdo, para seguir en un mundo que no dejó nunca de mirar con un asombro tan infantil como lúcido, afilado y amargo.
El cuento de hoy es tan sencillo como magnífico y muestra a través de un personaje/metáfora la llegada de la edad adulta como la entrada en el páramo de la insatisfacción.
Todo o casi todo en la vida de Horacio Quiroga es desmesurado y excesivo. De muy niño vio morir de un tiro a su padre y, con 18 años, a su padrastro, mató por accidente a un amigo mientras revisaba un revólver de este antes de un duelo, su primera mujer se suicidó bebiendo el revelador que Quiroga usaba para procesar negativos fotográficos y él mismo se quitó la vida con cianuro, que le proporcionó Vicente Batistessa, el ‘hombre elefante’ argentino. Sus dos hijos mayores también se suicidarían.
El resto de aspectos de su vida tampoco escapan a la demasía: quiso y pudo a menudo vivir en la selva (y enseñar a sus hijos a sobrevivir solos en ella), quiso y casi siempre pudo emparejarse con chicas casi adolescentes y quiso y pudo embarcarse en los más dispares oficios y proyectos: cónsul, editor, líder vanguardista, físico y químico aficionado, crítico cinematográfico, ciclista, explorador, constructor de barcos, navegante…
Tuvo tiempo además Horacio Quiroga de convertirse en uno de los más carismáticos y efectivos cuentistas en lengua castellana. Relacionada siempre con Poe, su literatura supera con creces al maestro de Boston, porque Quiroga casi siempre transmite con total crudeza las vivencias, sentimientos y temores que experimentó en una vida que suma una docena de existencias humanas comunes.
Aurore Lucile Dupin, a la manera de nuestra Fernán Caballero (Cecilia Böhl de Faber), eligió publicar con un pseudónimo masculino, quizá para desvincular su figura social de su figura literaria, quizá para que se la tomase más en serio en el mundillo literario, claramente dominado por hombres. Aunque en su caso no cabe hablar de una mujer discriminada u oprimida: divorciada de su esposo, el barón Casimir Dudevant, con menos de 30 años y con dos niños a los que crio lejos de su padre, tomó parte activa en la vida cultural francesa de mediados del siglo XIX, fue amiga de Flaubert, de Balzac, de Verne, de Heine, de Listz y de Delacroix y mantuvo relaciones amorosas con Alfred de Musset y Fréderic Chopin.
‘Las señoritas’ es un curioso cuento fantástico de magia blanca que tiene como protagonistas a un gentilhombre normando y a una especie de hadas de los pantanos, en absoluto temibles, salvo por sus bromas pesadas.
Nadie sabe de dónde sacó Hector Hugh Munro el psedónimo de ‘Saki’, aunque habiendo vivido su infancia en Birmania (era hijo del jefe de la policía británica en ese territorio y él también fue policía durante una época), lo más probable es que fuera una clave íntima con que evocar los probablemente mejores años de su vida. Su madre murió muy joven y su padre encomendó su cuidado a unos estrictos parientes en Inglaterra, quienes lo internaron en colegios aun más estrictos que ellos, lo cual, en plena época victoriana, no debió de ser el mejor ambiente donde un joven pudiera manifestar su homosexualidad, cosa que evidentemente nunca ocurrió en público y que puede explicar el humor amargo y la mirada tan penetrante como inteligente con que casi disecciona los personajes y las situaciones de sus cuentos. De ‘Saki’ y de esos relatos, entre los que se encuentra en de hoy, dijo Borges: «Con una suerte de pudor, Saki da un tono de trivialidad a relatos cuya íntima trama es amarga y cruel. Esa delicadeza, esa levedad, esa ausencia de énfasis puede recordar las deliciosas comedias de Wilde».
Hay bastantes datos curiosos en la biografía de William Sydney Porter: que era farmacéutico titulado, que era alcohólico, que su apodo (‘oh, Henry’) se lo debe a un gato travieso, que fundó un semanario que se llamaba ‘The Rolling Stone’ (que no tiene nada que ver con la revista que todos conocemos), que cometió desfalco en un banco para el que trabajaba, que fue prófugo de la justicia y luego padeció presidio durante cinco años, que hablaba perfectamente español (que aprendió cuando estaba huido en Honduras) y que los finales de sus relatos cortos dieron lugar a la expresión ‘un final a lo O Henry’ cuando un cuento tiene una conclusión inesperada. También existe la leyenda de que la historia de hoy la escribió en tres horas, apurando un plazo de entrega, y borracho.